En las últimas elecciones hubo algo que no pude dejar de notar. Muchas personas, especialmente jóvenes, estaban ahí, pero al mismo tiempo parecían desconectadas, desinteresadas o incluso desinformadas. No lo vi como falta de capacidad, sino más bien como una distancia, como si la política no fuera realmente parte de sus vidas.
Y es que durante mucho tiempo hemos reducido la política a algo muy limitado. Hemos crecido pensando que se trata únicamente de votar, de elecciones, de partidos o campañas. Pero la política es mucho más que eso. Tiene que ver con cómo vivimos en sociedad, con las decisiones que se toman, con la forma en que resolvemos problemas y con la manera en que organizamos nuestra convivencia.
Votar es importante, sí, pero es solo una parte de lo que conocemos como política electoral. La política en un sentido más amplio también está en informarnos, en opinar, en cuestionar, en participar en nuestros espacios y en involucrarnos en las causas que nos importan. Está en lo cotidiano, en lo que decidimos hacer —o no hacer— como ciudadanos.
La dinámica de la política actual no parece ser atractiva para los jóvenes. Pero esa desconexión no significa que la política haya dejado de ser importante. Al contrario, sin participación, sin voces diversas y sin pensamiento crítico, la política se debilita y pierde su verdadero sentido.
Por eso es tan necesario que más jóvenes se interesen, que se informen, que hagan preguntas y que se atrevan a participar.
La política no es solo de quienes ocupan cargos o toman decisiones desde el poder. Es de todos. La política es involucrarse, cuestionar y construir juntos, la sociedad en la que queremos vivir.
